¿Dónde estás?. Apoyo la frente contra la mesa, buscando algo con lo que refrescarme la mente... Pero lo único que recibo son más vapores cálidos y pegajosos, como si la madera fuera a derretirse de un momento a otro con pardos chorreones de cera. Si mi madre lo viese pondría el grito en el cielo, porque las manchas de cera no se quitan fácilmente. Tan sólo hay que ver las aceras de una ciudad en Semana Santa, con esas bolas amarillentas que se tornan negras bajo las miles de pisadas calzadas o no que las aplastan contra el suelo hasta volverse parte de la piedra y el alquitrán. No aparece por ningún lado, y soy incapaz de recordar cuándo fue la última vez que la tuve en mis manos. Aún con la frente pegada a la superficie lisa (la única visible entre papeles, discos y cables), pego un puñetazo, sintiendo como el eco del golpe se introduce en mis oídos. Un momento... ¿he dicho eco?. La madera se vuelve metal, y un frescor extraño envuelve mi habitación, que compruebo que ha desaparecido junto al ordenador, los peluches y el aparato estropeado del aire acondicionado. El pasillo es oscuro, tanto que no se puede atisbar un posible final. La única iluminación es constituida por unas luces eléctricas que quieren imitar velas, con fulgores naranjas y azulados intermitentes como las bombillas de hace tantos años. El suelo arcilloso se pega a las suelas de mis botas, y mi mente parece nublarse por el único pensamiento de que si mis padres van a buscarme para comer y no me encuentran, puede que se preocupen. Pero sólo es un quizás. Quizá se alegren de que finalmente la pantalla del ordenador me ha absorbido... o no. Me incorporo de la estructura metálica y esta desaparece a mis espaldas, quedándose el corredor completamente oscuro y vacío. No tengo miedo porque estoy sola, tengo miedo porque está oscuro y las sombras me señalan y se ríen de mí. Cierro los ojos, y echo a andar a medida que mis dedos resbalan por las paredes húmedas y arenosas, despedazándola con mis uñas, dejando marcas visibles en su superficie. Tanto silencio me causa una inseguridad creciente en mi estómago, y temo mirar atrás por si algo me persigue, escondido entre las sombras. Transcurridos varios minutos, o quizá horas, comienzo a intuir manchas de colores rojizos a través de mis ojos cerrados. Intento entreabrirlos, pero tras tanto tiempo sin hacerlo mis párpados agarrotados vuelven a cerrarse ante el mínimo contacto con la luz. Me apego a la pared, frotándomelos con firmeza. Es una estancia sucia y destartalada. El cartel "Objetos Perdidos", amarillento y polvoriento debido al paso del tiempo, yace sobre una mesa que debe de tener siglos de edad (si es que el mobiliario puede cumplir años) la cual constituye el único objeto en esa especie de bóveda dentro de una cueva que parece ser el final del túnel. Detrás de la mesa, repleta de folios y otros objetos que no puedo indentificar, hay un hombre que lee un periódico que le tapa el rostro. Sobre las páginas, el humo de un cigarrillo traza una especie de escalera al cielo. Una música ambiental y casi tétrica se deja oír a lo largo de la estancia, sin saber de dónde procede exactamente. Las manos del extraño son pálidas y con dedos largos. Manos que desaparecen alternativamente para pasar de hoja y luego volver a agarrar con fuerza las páginas del frágil diario. Recostado sobre una silla que no alcanzo a ver, deja reposar unas botas negras y extrañamente limpias y brillantes sobre la mesa, provocando un ligero temblor que hace que algunos folios caigan al suelo. El hombre no titubea, ni se agacha para recogerlos. Tan sólo sigue leyendo, moviendo ligeramente uno de los pies al compás de esa música de lenta cadencia que invita a bailar con los ojos cerrados y de manera inconsciente. Me dispongo a carraspear para atraer la atención del extraño y de esa manera ofrecerme a mí misma como objeto perdido (porque realmente no sé dónde estoy) cuando el periódico se dobla verticalmente, y mis ojos se topan con un familiar iris verde ensombrecido artificalmente acompañada por una sutil sonrisa de demonio. Me tambaleo, retrocediendo varios pasos, no sé si para alejarme de él o para observar su belleza en conjunto, como un cuadro tenebrista que te invita a que dejes que un dedo acaricie su superficie y luego dejar que tus labios rocen la pintura. La diferencia es que esto no es una pintura. Es real. Él está ahí. - Sabía que tarde o temprano volverías.- pronuncia lentamente, con ese tono de voz tan grave y tan familiar, que puede modular a su antojo como si fuera un juguete. Intento abrir la boca reseca para poder hablar, (porque, loado sea Lennon, él se está dirigiendo a mí), notando cómo mis mejillas arden. Él sonríe, y yo tengo que apartar la vista. Demonio con rostro de ángel, o viceversa. - ¿Volver?.- consigo decir, con un hilo de voz, y sin atreverme a alzar la mirada. No recuerdo haber estado aquí antes, no hay nada que me resulte familiar en absoluto. Excepto él, por supuesto. Pero jamás antes le había visto frente a mí, ¿cómo podía recordarme?. - Por supuesto.- susurra, y aparta los pies de la mesa. Inconscientemente, vuelvo a retroceder, lo justo hasta que mi espalda se topa con la pared de enfrente. A mi primera vista, pensaba que el habitáculo era mucho mayor... ¿un efecto visual o quizá las paredes se habían empezado a mover?.- No tengas miedo, sólo soy yo. "Eso es lo malo", pienso. - Valo.- alcanzo a pronunciar, a la manera española, confundiendo la V con una B, y parece que él se va a poner a aplaudir. Se incorpora con movimientos felinos, con esa ropa negra y el gorro de lana tapándole los rizos oscuros.- ¿Por qué no tocáis Love's Requiem?. Se queda quieto, observándome con los ojos abiertos como platos. - ¿A qué viene eso?. Me encojo de hombros. - No lo sé.- admito.- Ha sido sin querer. - No la tocamos para evitar las lágrimas de alguien, algo que nuestra amiga Sharon no pudo prever. - ¿Cómo sabes eso?. - Estamos en "Objetos Perdidos", cariño.- siento un escalofrío por la manera en la que pronuncia esa palabra. "Sweetheart". Se apoya sobre la mesa y me hace un gesto para que me acerque a él.- Y yo sé para qué has venido. Me siento a su lado, cabizbaja, sintiéndome completamente estúpida. Porque tengo que admitir delante de él que lo que he perdido no es dinero, ni una foto, ni un recuerdo... - Yo puedo ayudarte a recuperarla. Vuelvo la cabeza con extraña rapidez, y agarro su brazo, aferrándome a él como la única cosa que me queda en el mundo que sea capaz de ayudarme. - La necesito, Valo.- le suplico.- Donde quiera que esté, devuélvemela. Necesito escribir, me están esperando... - ¿Quiénes?. - Ellos.- alzo un dedo para señalar. Señalarte a ti, al espectador que está leyendo esto. Porque está ocurriendo. Y ahora estás pensando en si tú también has perdido algo que deseas recuperar... Haz memoria, quizá él pueda ayudarte. - Entiendo.- asiente lentamente.- Cuando vino a parar aquí, era de color rojo. Pero ahora emite sonidos que me recuerdan a algo. Al parecer alguien más también la necesita. Tuve que decir que sí, avergonzada. Entonces él me acarició el cabello como un padre que reconforta a su hija llorosa. - Están en esa caja de ahí.- señala a un baúl plateado de relativamente grandes dimensiones que parece brilla en la esquina de la sala.- Procura no destrozar nada. Enciende un cigarrillo a medida que yo me avalanzo sobre el baúl movida por un impulso casi animal, y empiezo a remover en su interior. Mis dedos se confunden entre pañuelos de mil colores, bolas de nieve que queman y pajaritas de papel... Hasta que la encuentro. Es una libreta desgastada, de tapas azules y plateadas, que parece no tener final. La abro y en ella se confuden letras escritas con pilot azul, párrafos que me resultan familiares, nombres que yo he creado y fantasías latentes en mi mente que aún no han salido a la luz. Y en la tapa posterior, escrito con letras góticas doradas se puede leer la palabra "Inspiración". Es mía, y la he recuperado. - La próxima vez que vuelvas, asegúrate de que no has olvidado que existo.- sonrié él a mis espaldas y luego le oido exhalar aire. Apretando la inspiración contra mí, me vuelvo hacia él con una amplia sonrisa en mis labios. - Gracias.- alcanzo a decir con la voz tomada por la emoción, y el comienza a reír. Entonces le abrazo, porque sé que no podré experimentar esa sensación nunca más, o quizá no seré capaz de recordarlo. Y al cerrar los ojos se alzan ante mí todos los personajes, aplaudiendo, porque por fin he encontrado su esencia. Pero todo desaparece, mi habitación vuelve a ser la misma y mis padres siguen gritando que vaya de una vez a comer. Excepto una ventanita que no para de parpadear... "¿Cómo vas en tu cacería?". FIN